Quisiera creer que una oración, un grito o una imposición de manos bastan para corregirlo todo.
Que una sacudida espiritual estrepitosa reordena la vida entera.
En muchos contextos pentecostales o incluso, espiritistas, es común que oren por ti, te impongan manos y caigas.
Y muchos creen que ahí se resuelven sus problemas.
Yo no.
Quisiera creer que al despertar, tus redes neuronales se reconfiguran,
que los hábitos que te destruyen desaparecen,
que las conductas aprendidas, la ideología,
la forma en que enfrentas los conflictos
y hasta tus frases automáticas se transforman de inmediato…
pero no sucede así.
No creo que caer al suelo deshaga los prejuicios,
ni que una experiencia intensa elimine la mentira,
la irresponsabilidad,
el mal hábito de pedir prestado y no pagar,
o de acomodar la verdad para sobrevivir. Si así fuera, la abundancia de vicios en líderes espirituales sería una contradicción.
El verdadero conflicto aparece después.
Cuando termina la oración.
Cuando regresas a casa.
Cuando llega la presión en el trabajo,
cuando tengo que decidir si miento para cumplir,
cuando alguien me provoca,
cuando me quedo solo conmigo mismo…
no hay rito que, por arte de magia, cambie mi manera de pensar.
Ahí no hay espectáculo espiritual que me sustituya.
Y es precisamente ahí donde se le responde a Dios.
A Dios no se le responde en el momento del espectáculo, sino en el hábito diario.
Ahí me caigo…
y casi siempre uno se cae muchas veces…
hasta que un día no.
Para eso no existen soluciones instantáneas.
Existe el proceso.
Por eso, cualquier espiritualidad que promete atajos,
que reemplaza la formación por el impacto
y el discipulado por la experiencia,
me resulta no solo insuficiente,
sino peligrosa.
“Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos.”
Santiago 1:22 (NBLA)